A la atención de pediatras, enfermeras, psicólogos, pedagogos, logopedas, maestros, profesores, y, sobre todo padres, madres, abuelos y demás familia

Valencia, 30 de agosto de 2020- Artículo de opinión

Mireia Micó Gimenez. Madre de familia numerosa especial. Economista.

Desde hace algunos meses estamos viviendo una situación complicada en la que nos hemos visto embarcados en una nave sin rumbo, tripulada sin criterio, sin sentido y con poco discernimiento. Lejos de terminar, vemos como día tras día se incrementan los contagios muy rápidamente, lo que da lugar a pensar que esto va para largo sin que se tomen medidas que nos hagan sentir más seguros y que sirvan para afrontar de verdad la pandemia y acabar con esta aberrante etapa.

Sin embargo, pasan las semanas y aquí no se hace nada. Esa es mi impresión. Han tenido tiempo más que suficiente. Tiempo para retrasar el inicio de curso,tiempo para implementar metodologías de clases a distancia mediante aplicaciones, videos, etc., tiempo para dar opción a elegir entre a clases presenciales o telemáticas. 

Es posible que esto suponga más gasto y seguro que supone más dedicación por parte del profesorado. Es su momento. También los enfermeros y soldados en una guerra trabajan más o, al menos, de una manera diferente que los que se resguardan en casa.

No hace tanto, en 1936, nuestros abuelos vivieron una guerra muy cruel y estuvieron sin colegio 2 años, que se dice pronto. Y a la vista está que nuestros padres y abuelos estudiaron carreras, crearon empresas, trabajaron, tuvieron familia… levantaron toda una nación. Al margen de cómo se lo estamos devolviendo, si les preguntamos qué significaron dos años sin escuela en toda una vida…¿qué nos dirán? Ellos salieron adelante y nuestros hijos también lo harán.

Defiendo la formación, la educación como un derecho fundamental, claro que sí. Es lo primero que debemos garantizar a los niños, pero en circunstancias normales.

Ahora estamos en una situación de emergencia sanitaria, jamás se había confinado a una población y se ha hecho. El famoso “Quédate en casa” implica un desgaste emocional y psicológico importante, además de requerir una organización y una logística considerable. Lo hicimos, nos quedamos en casa, pero ahora nada ha cambiado.

Cada familia tiene sus circunstancias y debe adecuarse a los cambios. Pero hay que tener en cuenta las situaciones que se escapan de nuestras manos y que se nos pueden presentar, como que un padre de la clase de tu hijo haya estado con un positivo y que, por ende, tu hijo pueda serlo también. Suponiendo que se avisara de todos estos posibles contactos y que nadie actuara de mala fe como en otras circunstancias (como cuando se supone que con piojos no se debe de ir al cole y los niños van de todos modos), estas situaciones ¿que implicarán? ¿El cierre del grupo burbuja? ¿Del aula? Y si el niño tiene hermanos, ¿el bloqueo de los demás grupos?

Un claro ejemplo. ¿Cuántos negocios cierran por un posible positivo y tardan 15 o 20 días en abrir en una situación en la que todos los resultados son negativos? ¿La vida de los niños y familiares vale menos? ¿Un colegio abriendo y cerrando continuamente es sensato? “Mañana llamaré al colegio porque ayer estuve con alguien que ahora tiene síntomas y está esperando resultados…” Un simple “mañana”. Y así pasan las horas y los días haciendo imposible localizar el foco ni completar el pertinente rastreo. ¿Esto es serio?

En mi casa hay un dicho: “lo urgente, tapa a lo importante”. Lo urgente aquí es la salud. Lo importante, la formación académica.

Y, mientras, muchos padres nos preguntamos qué aconsejan los pediatras. Las asociaciones y colegios de pediatras, psicólogos, pedagogos, maestros, profesores, enfermeros, etc. ¿qué manifiestan? ¿Dónde están? Ahora se les necesita…. Aquí hay un silencio preocupante que en otro momento hubieran sido gritos en la calle y manifestaciones por doquier.

Hay muchas familias como la mía con ansiedad y angustia. En mi caso, familia numerosa especial, con bebés que se quedan en casa, con niños en periodo no obligatorio, y niños en “educación obligatoria”, lo que supone un lío magnífico, pero, ¿y la salud, la seguridad y la vida? ¿dónde quedan?

Y las familias que dependen de que los abuelos cuiden de los niños, que tienen algún miembro con patologías previas, que cuentan con personas de riesgo conviviendo o con abuelos de más de 75 años… ¿qué soluciones se les están dando? ¿Obviamos todo esto? ¿Alguien se ha parado a pensar en lo que supone para un niño con tartamudez, con problemas en el habla o de oído, tener que llevar mascarilla todo el día y que la gente de su alrededor también la lleve? ¿Y para los niños asmáticos, diabéticos o inmunodeprimidos? ¿Las consecuencias psicológicas se contemplan? ¿Cuántos asintomáticos hay que cursan sin fiebre, sin patologías y son transmisores de esto? 

Tomar la temperatura no es una medida válida.
Hacerse PCR cada 15 días no tiene sentido.
Esperar que un niño de 6 años lleve la mascarilla puesta durante ocho horas es esperar demasiado.

Todos los que tenéis contacto continuado con niños sabéis la de veces que un crío tiene fiebre y es por anginas, bronquitis, otitis, y un largo etc. o simplemente le está saliendo una muela. ¿Y si tienen tos? ¿Nos hacemos la prueba todos cada vez que un niño tose?

Afrontar esta situación es todo un desafío. Solo he planteado algunas de las situaciones que se pueden presentar con el inicio de curso y la vuelta al cole. Hay muchas más: autobuses escolares, comedores… Y hasta ahora no hay ninguna directriz clara.

Hago un llamamiento a aquellos que pertenecéis al sector docente y sanitario. Como madre, me gustaría contar con vuestra opinión como médicos, como pediatras, logopedas, psicólogos, enfermeros, maestros, profesores, pedagogos, etc. que, además, en muchos casos, seréis padres, madres, abuelos, etc. y seguro que comprendéis bien nuestro desasosiego.

Vaya de antemano mi agradecimiento a todos los profesionales de la educación y de la salud.